Un Poco de Literatura… Primera Dosis

Conozco al menos dos novelas originalmente escritas en castellano donde travestis son el tema y la razón de ser de tales obras. La primera es “Salón de Belleza” del notable Mario Bellatin (más bien una novela corta), y la recientemente publicada “Soy Lo Que Quieras Llamarme”, del argentino Gabriel Dalla Torre. Esta última aún no la he leído, aunque sé que ha obtenido buenas críticas en el competitivo medio tanguero, y por tanto promete. Tarea pendiente.

He mencionado estas dos novelas pues abordan argumentos donde travestis y su problemática son los protagonistas. Por ello descarto aquellas donde se las menciona tangencialmente, o tienen participación en plan de comparsa, donde bien sabemos se las ridiculiza, ningunea, y nunca se las trata de una manera humana y racional.

Sigue a continuación una entrevista al autor de “Soy Lo Que Quieras Llamarme”, donde aborda extensamente los detalle de su obra, y sus referentes.

Travestis, belleza mortal y esquizofrenia social

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En “Soy lo que quieras llamarme”, ganadora del Premio de Novela Letra Sur, el escritor mendocino Gabriel Dalla Torre explora el submundo travesti de su provincia a principios de 2000, realiza una radiografía de cómo la belleza victimiza y revela un universo de duplicidades, hipocresías y esquizofrenia social.

Estética, sutil, solemne y sin golpes bajos son algunas palabras que le caben a esta obra que narra desde la mirada de la joven Rubí (que alguna vez fue Robi) la construcción física que significa dejar de ser alguien para convertirse en otra persona, de otro sexo.

Los días y las noches de un grupo de travestis y un policial de por medio dan forma a esta novela que para el escritor Martín Kohan, uno de los jurados del Premio Letra Sur, “surge cuando parecía que el camino ya estaba hecho. La novela tiene los colores de los mundos de Copi y la ternura de Puig, pero él va más allá”.

Lo primero que define Dalla Torre de su trabajo es que “éstas son mujeres que se maquillan, que gritan, que son vulgares, pero nunca dejan de ser mujeres. Sin embargo, lo que es superficial para las mujeres, es esencial para las travestis. Ser «trava» es una construcción diaria”, dice a Télam.

En su novela, editada por El Ateneo, Dalla Torre logra unir dos universos aparentemente distanciados: la literatura canónica y el mundo travesti, sin caer ni por un segundo en banalidades, cinismos y mucho menos en la compasión.

“La literatura —dice— está peleada con la belleza de «ponerte lindo», pero para ellas ese es su universo. En la literatura la belleza de la mujer nunca tiene que ver con el maquillaje, son etéreas, lelas como La Maga o histéricas como las mujeres de El Pasado (novela de Alan Pauls)”.

Dalla Torre invita a un libro eminentemente visual. “Uno está viendo lo que ocurre, esa distorsión de los sentidos permanente, sea por la anestesias o las drogas que consumen, pero también son importantes los silencios. En la historia todos sus sentidos se hacen uno, Rubí usa su cuerpo como antena para percibir”.

Con lo físico como una ceremonia diaria, el autor inserta formas melódicas de un lenguaje travesti, o como diría él mismo, se asiste a “un juego de palabras, una cosa movediza del lenguaje, que no sabemos qué significa”, y a la vez, utiliza la prolífica obra de la asturiana Corín Tellado como un sub-relato que motoriza a la protagonista y la lleva a proyectar, a pensarse a futuro.

“Como otras mujeres cambian el corte de pelo, nosotras cambiamos el cuerpo. ¿Acaso hay una forma mejor para huir de la desgracia propia que transformarse en otro?” La belleza o la búsqueda constante e incesante de una perfección es, por momentos, ilimitada, concreta y necesaria. “Conocí una travesti que se ponía cosas porque creía que más era ser más bella, era una adicción a la aguja, era inhumano”, dice. “Como otras mujeres cambian el corte de pelo, nosotras cambiamos el cuerpo. ¿Acaso hay una forma mejor para huir de la desgracia propia que transformarse en otro?”, escribe.

Uno de los ejes narrativos son fragmentos de “Higiene y perfeccionamiento de la belleza humana”, de Auguste Debay de principios del siglo XX que el autor leyó siendo bibliotecario. “Son pseudoteorías científicas sobre la belleza y la forma correcta de ser mujer, lo mismo que las travestis más viejas le explicaban a las jóvenes, manejan el mismo nivel de ficción”, explica.

Debay tiene la concepción de que la belleza física tiene que ir de la mano de la belleza moral. Expresa que seas una persona que te ves bien si actuas bien, tus acciones determinan tu físico. Es muy «legranesco» porque «como te ven te tratan»”, sugiere.

Hipnotizado desde pequeño por las excentricidades de las dobles vidas, “lo biológicamente diferente” y cierta sordidez que para otros puede ser repelente, Dalla Torre hizo de esto un mundo auténtico, atractivo, magnético y de pertenencia.

“Soy un insomne, salía todas las noches a la plaza a fumar y las encontraba ahí, me ponía a charlar. Fue difícil conectar con personas con las que uno no tiene afinidades culturales pero me conecté a otro nivel, a través de lo que nos pasaba”.

“Al principio —sigue— mi acercamiento fue sociológico, quería hacer una tesis, eran «el otro». Después me pareció ridículo y hasta violento encorsetar esas vidas en un discurso académico. Me hice amigo”.

La novela tomó forma cuando él, joven de 20 años, era testigo de situaciones “tremendas”, como define. “Yo solo veía esas cosas, hasta presencié una operación. No lo podía creer. A todos nos da impresión, pero para ellas es natural. Sentía la necesidad de intervenir y decirles `loca, te estás poniendo cualquier cosa´ pero no podía, ¿quién era yo para opinar?”, cuenta.

Dedicada a las “víctimas de la belleza”, el escritor (autor de la también premiada “Las habilidades inútiles”, 2010) no encuentra explicaciones sociológicas o psicológicas al travestismo, quizás la literaria fue la mejor para contar que ellas “son mujeres desde que nacen”.

“Son mucho más mujeres incluso en el sentido de la femineidad de esta cultura. Una me contó que creía que le iba a ir muy mal siendo así. Un día el padre le tiró un cenicero porque ella le hizo una seña con sus pestañas, fue un mínimo gesto que mostró su femineidad, el padre se dio cuenta y le partió la frente con un cenicero. Hace diez años era un castigo”.

Dalla Torre escribió esta novela para contar “lo muy terrible de esa doble vida que llevan. Es como ser dos personas que conviven con las contradicciones de una esquizofrenia social, donde un año son reinas de la vendimia gay y al siguiente están presas”.

“Ellas aplican su inteligencia para sobrevivir, es una pena porque la inteligencia está buena para desplegarla en el ocio y lograr creatividad”, agrega sobre esta minoría cuya mayoría “sigue trabajando en la prostitución”.

“La novela tiene mucho de Sarmiento, ellas están definiendo si van aceptar o no las cargas de la civilización. Se pasan 15 horas boludeando porque si el mundo no las respeta, tampoco van a respetarlo. Su rechazo es a todo. En realidad es un poco el rechazo que sentimos muchos, sólo que a nosotros nos aceptan un poco más”, concluye.

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