Inundación Travesti

“Inundación Travesti” titula John Santa Cruz el 15 de febrero del 2006 un post en su blog “Cartas Desde El Perú”.

El extenso artículo pretende ser una instantánea de la movida travesti limeña a mediados de la primera década de este siglo. Lo logra por momentos.

Ya que es el relato de una sola noche de aventura, nos parece tendencioso en varios pasajes, y hay evidente exageración probablemente por por la novedad del momento, o por la excitación propia del cronista.

Es interesante leerlo, por supuesto, pero conservando cierta distancia.

Inundación Travesti

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Mientras Lima aún mantiene los párpados besándose, ellos, coloridos y coquetos, emergen de sus cuevas, cual vampiros en busca de sangre, para dar rienda suelta a sus placeres carnales. Son los extrovertidos travestis peruanos, que ya se adueñaron de las gélidas madrugadas capitalinas y en esta crónica desnudamos algunas de las historias que están detrás de sus escandalosos maquillajes y sus diminutos/provocativos vestidos.

Peter Flesman, o mejor dicho Sheila, es la dueña de la esquina. Ella, en compañía de siete travestis más, se han convertido en los amos de la Av. Arequipa, una de las principales arterias de Lima. Sheila tiene 24 años de edad y parece de más por su explosivo carácter que escapa al conversar.

Un viernes de febrero, “ella” vestía un bikini rojo que dejaba escapar las siliconas que navegan por sus pechos. A simple vista parece una vedette argentina por su contorneado y exagerado cuerpo con cabellera rubia. Pero cuando te acercas comienzan los problemas.

El casi 1.85 m. de estatura que emerge ante mí me causa un poco de temor, pues Sheila, muy coqueta, acaricia mis cabellos y me habla groserías (que según ella son piropos) para que caiga en sus redes. Un borrachito peca con gusto, pero yo, que estaba más consciente que nunca, me aparté unos metros y le propuso conversar. “¿Pero de qué vamos a conversar nene, si yo lo que quiero es que me hagas sentir mujer?”, me dijo casi arrinconándome en un tienda que yacía cerrada.

Los carros pasaban y soltaban más de una carcajada por la embarazosa situación. Eran ya la medianoche y la ciudad estaba cerrando los ojos. En cambio hay algunos, como estos bichos de la sociedad, como después me contaron que se sentían, salen a buscarse la vida… o el placer.

Algunos buses seguían pasando por la Arequipa dejando el humo tóxico tras de ellos. Eran ya las 12:30 de un nuevo, pero aún oscuro, día y las damas de la noche, o mejor dicho varones de la noche, poblaban demográficamente las vetustas aceras de dicha avenida.

Sheila, ya en compañía de Chaveli, aceptaron conversar conmigo pero con la condición que les compre una botella de ron. Mandé a mi acompañante, un asiduo concurrente a estos sitios, para que traiga un “Cabo Blanco” de una tienda a pocos metros de la esquina donde me encontraba.

Al combinar el trago con la gaseosa, Sheila sacó su DNI (documento nacional de identidad) y me enseñó su verdadero rostro. Me sorprendí al verlo sin maquillaje. Realmente, y con lo que voy a contarles no significa que se gay o algo por el estilo, el tipo era guapo. ¿Por qué te inclinaste por esta vida si eres un tipo atractivo y además, por tu apellido y por la zona donde vives, debes de tener una familia acomodada?. “Porque no me sentía yo mismo. Desde niño siempre me gustó el maquillaje, vestirme como mujer y ese tipo de cosas. Además, ¿a quien no le gusta que le paguen por hacerte el amor?”. ¿Acaso sientes que haces el amor con las personas que requieren de tus servicios?. “Algunas veces si, pues yo no soy como las otras mariconas que son prostitutas. Yo escojo a mis clientes de acuerdo a su aspecto y a su rostro. Me puedo dar ese lujo porque soy la más linda de acá. Es más, te cuento papucho, tengo clientes que van desde actores, productores de televisión, radio y hasta hombres del gobierno”. ¿Tanto así?. “Pues claro mi rey, ¿acaso no ves el mujerón que tienes enfrente?”, gritó dando una vuelta al mismo estilo que las modelos de pasarela.

Chaveli escuchaba la conversación festejando la espontaneidad de su colega. Ella tan sólo tiene 19 años y es puta desde hace dos. Viste solamente con un saco negro, pues debajo está como Dios la trajo al mundo (¡con sorpresa incluida!).

Nos sirve el trago corto (o cuba libre) que mezcló con suma meticulosidad, ya que por estas fechas en Lima el calor comienza a castigar. Musita que le tiene más miedo a los famosos “Matacabros” que al temible SIDA. Desde el año pasado, el 2005, hubo nueve asesinatos de travestis por una banda autodenominada los “Matacabros”.

Además, hace una semana atrás, un Travesti casi fue linchado a golpes por un depravado que lo invitó a su casa para tener una noche de pasión pero la coca y el licor terminaron por desquiciar al parroquiano y casi mata al cabrito. Gracias a Dios, según me dicen Sheila y Chaveli, Claudia logró escapar. Libó unos sordos del licor para calentar la naciente madrugada y Sheila invita a dar una vuelta por las cuadras continuas para presentarme a los demás travestis que se venden por allí.

Antes de cruzar la pista con el trago en las manos, Chaveli se paró sobre el asfalto y abrió su saco para que el Starlet verde que andaba por allí disfrutara de sus atributos. El sedan paró en seco, Chaveli se acercó y negociaron la tarifa. “Veinte en carro y cincuenta en Hostal”, le susurró al joven y angustiado chofer. Transacción aceptada. “Regreso en un rato”. Nos abandonó. “¡Qué lechera ese cabro!, siempre les tocan los chibolos”, vociferó Sheila al cruzar la pista.

¿A quienes prefieren como clientes, a los viejos o a los jóvenes? “Me gustan los muchachos, los jóvenes. Ellos son más liberales que los tíos. Casi siempre te besan, te acarician y te dicen maravillas. En cambio los viejos solo quieren metértela y ya, se acabó, buenas noches los pastores. Como te dije antes, yo soy una soñadora, me gusta el placer, el romance”, Sheila toma la palabra.

Tras conocer a sus demás compañeras, Sheila se animó a llevarnos a un local exclusivo de travestis y homosexuales. Estaba en el mismo centro de Lima. La verdad es que no imaginaba que tal lugar sea la meca del tercer sexo en la capital.

Entramos sin pagar, ya que ella, la Reina de la Av. Arequipa, nunca paga para ingresar a una discoteca. Al pasar unas mantas verdes que fungían como puertas, el sub-mundo del homosexualismo se presentó raudo ante este cronista despistado.

Era un enjambre de sodomitas. Licor, luces psicodélicas, coca en las mesas y parejas tendiendo sexo oral en la pista de baile fueron las primeras imágenes que chocaron con mi cristiandad. “Pasa por aquí muñeco. No tengas miedo, aquí nadie te hará daño porque eres mi invitado”, Sheila como siempre manejando la situación.

Avanzamos al fondo del local, a una sala privada. El rincón estaba oscuro. Lo que iluminaba a aquel cuarto eran unas velas potentes que yacían debajo de la mesa adornada por harto polvo blanco. Sheila, Carla, Lorena, Jorge y Katia, la única mujer del grupo. Mujer de verdad. Se sentaron alrededor de la mesa ovalada y pidieron cerveza.

En este lugar encontré de todo. Hay hombres de corbata que dejan escapar sus instintos con la complicidad de la noche. También encuentras conocidas figuras de la farándula local que, con trago en mano y besos desenfrenados, cantan a viva voz: “… A quien le importa lo que yo haga/A quien le importa lo que yo digo/Yo soy así y así viveré/Nunca cambiaré…”. Infidente no soy, así que muchachos, hombres de la farándula, duerman tranquilos porque este servidor morirá con el secreto dentro. En fin, sigamos con la noche loca que ya estaba por llegar al clímax.

En la mesa, y con ocho chelitas consumidas, Katia, solitaria fémina de aquella sórdida cofradía, resultó ser una mami (proxeneta, en otros términos) de travestis. La verdad que su confesión me sorprendió porque nunca pensé que los travestis tengan como proxeneta a una mujer. Ella, de 27 años y con un look rapero, orgullosa contaba que tiene bajo su tutela a 25 travestis repartidos en todo Lima.

Asegura que el negocio le va bien. Prueba de ello es el Toyota Corolla del año que tenía cuadrado fuera del local. Además, y como buena mami, corrió con todos los gatos aquella noche. “Me inicié en esto hace ya siete años, cuando tenía 20. Vivía en el Callao y en mi barrio tenía un par de amigos travestis que tenían miedo en prostituirse porque pensaban que les iba a pasar algo. Allí entré yo y les di la confianza prometiéndoles que los iba a cuidar. Ellos aceptaron el trato y me daban, todos los días, el 10% de sus ganancias. Así fueron pasando los días y más cabros, enterándose lo que hacía, venían donde mí para que los cuidara. Así fueron viniendo uno tras otro hasta que formé, como dicen por acá, un harem”. ¿Pero como los cuidas si eres una mujer?. “Es algo sacrificado porque tengo que pasar la noche entera vigilándolos. Siempre lo hago en compañía de un par de amigos que son los que saltan cuando la situación se pone complicada. Claro, no pensarás que estoy parada con ellos. Los miró desde mi carro”.

¿Y es rentable este oficio?. “¡Por su puesto!. Mira, en un día bueno, los cabros pueden sacar hasta S/200 (80 dólares), así que saca la cuenta, si yo tengo a 25 bajo mi tutela, ¿cuánto me pueden dar en una noche?”. Sheila escuchaba con atención nuestra conversación. Inhalo coca e intervino: “La verdad es que todas las mariconas estamos contentas con ella porque siempre nos protege. Cuando hay batidas ella va a la comisaría, baja un billete y nos saca. ¿Quién haría eso por ti?”.

Katia festejó el oportunismo de Sheila pidiendo dos cervezas al mozo (o moza) que se paseaba por todo el local con cervezas hasta en las axilas. Retomando la conversación con Katia nos dijo que perdió a dos ovejitas de su rebaño por la peste rosa. “Lamentablemente esa enfermedad está acabando con mis niñas. Ya son dos las que perdí. Tuve que pagar todo el sepelio porque sus familias no querían saber nada con ellas. La vida de un cabro no es fácil, pues dejan toda su vida para hacer lo que más les gusta. Además la sociedad no los quiere porque piensan que tienen SIDA o algo por el estilo. Para eso estoy yo, soy su única familia que tienen en este mundo de mierda. 17 de ellas viven en mi casa que me compré el año pasado, en Lince, es decir, yo soy todo para ellas”.

¿Y que pasa si una de ellas te falla?. “Ni que le vuelva a ver la cara porque la mato. En la casa tenemos reglas y hay que cumplirlas”, dijo al mismo tiempo que nos levantábamos de la mesa para despedir a Sheila y Lorena, quienes se iban con dos parroquianos algo mareados.

Jorge miró el reloj y le dijo algo en el oído a Katia, quien realizó una llamada de su diminuto celular y renegó hasta más no poder.

Salimos del local y Katia se ofreció a llevarme a mi casa. El sol ya estaba bañándose para salir a la calle y sentí que era tarde. No acepté la cortesía por temor, ya que dentro del carro habían un par de zambos que me miraban con hambre.

Camine hasta llegar a la avenida Wilson para tomar un taxi. Allí me encontré con un amigo sociólogo de la San Marcos que no veía desde hacía algunos años. Como vivía por mi casa tomamos el taxi juntos para compartir los gastos y conversamos de la noche que había pasado.

“¿Sabes cuantos travestis hay en todo el Perú que se prostitullen?”, lo pesqué desprevenido. “Registrados hay más de 500. Y el 10% de ellos están infectados con SIDA u otras enfermedades. Es un verdadero drama, porque hace tan solo 5 años ver travestis en la calle era casi imposible”.

Verdaderamente que fue una noche loca la que pasé. Conocí un sub-mundo que nunca pensé ver y la verdad que me sorprendió. Lo que más me impacto esa noche fue la personalidad de Sheila para hablar de lo que hace. Claro, me dijo que no ponga su apellido, y eso lo hice, pues, como me contó Sheila y Lorena, otra travestis, pero este más varonil, ella era como un ángel guardián.

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